miércoles, 6 de julio de 2011

LA CAJA DE CEREZO

La entrega llegó en plena vorágine de reuniones, cuentas, balances e informes. –Señor director, hay un paquete urgente para usted-. Dentro del sobre acolchado, una pequeña y rústica caja de madera de cerezo hecha a mano. No necesitó abrirla para saber su contenido, y que había llegado el momento de volver para empezar de nuevo. Salió de aquella oficina arrasada por el ruido de computadoras y teléfonos, y dejó caer la corbata por la ventanilla al arrancar el coche. Después de varias horas al volante paró en mitad del Valle. Abrió la caja y se sumergió en el rojo intenso y carnoso de la joya de piel brillante que había en su interior. Se la llevó a la boca y en su cabeza sonaron, nítidas como si no hubieran pasado cuarenta años: “Algún día, cuando yo falte, te lo haré saber. Quiero que entonces todo esto sea tuyo, que lo cuides, y no lo dejes caer en otras manos que no sean las tuyas”. Aquella sentencia le persiguió durante años y, en la distancia, le hacía sumergirse cada primavera en un mar blanco e infinito. Ahora, esos mismos árboles preñados de frutos le ofrecían la oportunidad de empezar de nuevo.

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