martes, 9 de agosto de 2011

EL ODRE DE AGUA

Desde niño sus padres le enseñaron que debía mostrarse amable y generoso con sus iguales. Cumplida la mayoría de edad, el joven decidió aventurarse en el desierto. Tras varias jornadas caminando por territorio ignoto bajo el sol cayó al suelo agotado. Entre los delirios que le asediaban la cabeza un anciano le entregó un odre sin pedirle nada a cambio. Le aseguró que de él nunca dejaría de manar agua siempre que cumpliese con la condición de no compartirla jamás con nadie. El joven sació la sed, regresó a casa y vivió feliz sabiéndose poseedor de bien más preciado entre sus vecinos, hasta que estos, visto su comportamiento, poco a poco le fueron negando la sombra, la comida y el afecto.

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