jueves, 22 de mayo de 2014

EL CARAMELO DE GUTIÉRREZ



Hoy, el mismo día que cumplo los sesentaytodos decidí pasar de nuevo por aquella pastelería. A medida que cruzaba la plaza me veía a mí mismo hace décadas, de puntillas, con las uñas incrustadas en la madera repintada de blanco de aquel escaparate. Era capaz de pasar horas contemplando el interior de aquel lugar, el fabuloso muestrario de joyas edulcoradas que se encargaba de custodiar aquel hombre de bigotillo fino y cuidado cuyo apellido ilustraba la fachada del establecimiento. Permanecía allí, agazapado, contemplando ensimismado el interior del local. Hasta que me descubrió la hija del señor Gutiérrez. Instintivamente me agaché. Ella salió, con su sonriente mirada dijo: "Mi papá me ha pedido que te dé esto". Alargó la mano y me entregó un caramelo justo antes de salir corriendo. Desde entonces y durante años, todos los sábados se repetía la escena: yo me quedaba en el escaparate y cuando ella se percataba de mi presencia metía sonriente la mano en el bote de los caramelos, me llevaba uno y regresaba presumida a ayudar a su padre. 
Esta mañana, tras años de lejana ausencia, cuando por fin he llegado al escaparate de la pastelería Gutiérrez, me ha sorprendido comprobar que mantenían aquel escaparate de madera repintada de blanco, y que en el interior permanecía el mostrador con vitrina primorosamente cuidado. Tras él, una señora de pelo cano y aspecto elegante y junto a ella una niña que, cuando me descubrieron al otro lado del cristal, salió obediente de la tienda. "Me ha dicho mi abuela que le entregue esto". La pequeña deslizó por las arrugas de mi mano este caramelo que ahora descansa junto a los demás haciendo montón sobre la mesa. Nunca los pude comer, pero todo este tiempo ha sido mi particular tesoro, no podía permitir que una vulgar diabetes me apartase de aquella mirada sonriente.

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