martes, 27 de mayo de 2014

NIÑOS

Una vez conocí a un niño de mi misma edad, Matías. A los dos nos preocupaban cosas tan importantes como cumplir pronto con nuestras escasas obligaciones para poder ir cuanto antes a jugar con los amigos, que en el comedor no se enterasen que escondíamos las acelgas en los bolsillos para luego tirarlas, o encontrar un sitio tranquilo en el parque donde pasar horas jugando a darle pataditas a una piedra con la puntera del zapato.
A ambos nos gustaba comer caramelos a escondidas, aunque nos dijesen que se nos iban a caer los pocos dientes que teníamos, y que nos pintaban una boca desordenada, como de piano a medio montar. 
Como niños que éramos, no nos asustaba la muerte, nos agobiaba lo aburrido que tiene que ser vivir eternamente después de muerto. "¿Si te mueres siendo un niño, te dejan seguir siéndolo para siempre? ¿Hay juegos para tanto tiempo? ¿En la eternidad hay acelgas? ¿Y bolsillos para esconderlas?"

Matías ya lo debe estar comprobando. A él, pasados los 70, la enfermedad le devolvió a la niñez, y a mí la envidia de querer disfrutar la misma sonrisa infantil que veía en su cara.
Anoche, cuando nadie le lloraba en el hospital, vino a despedirse a mi habitación en la residencia: "No tengo mucho tiempo. Solo he venido para decirte que te espero en el parque". Y sonrió.

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