jueves, 5 de junio de 2014

ÓRGANOS

Perder el riñón fue el primer paso. Y el primero suele ser siempre el más complicado. Aunque la verdad es que al no ser un órgano vital (me quedaba el otro), y que me iba a venir bien "perder un poco de peso", ironizaba para convencerme antes de aceptar las condiciones, no sufrí al decidirme. 

Tengo que confesar que, al principio, me costaba asumir la pérdida. Al fin y al cabo, las vísceras, por muy asquerosas que sean, son algo que uno lleva muy dentro y que se quiere como solo se puede querer a lo que es de uno.

La recompensa obtenida y el hecho de que no me hubiese dolido hizo que no tardase en acostumbrarme a la nueva situación, y me animé a ir más allá.
Continué con los ojos que, aunque no los tengo especialmente bonitos, tienen una córnea muy aprovechable. Aquí el proceso fue algo más complicado por mi fobia a que me toquen los ojos, pero reconozco que lo pasé peor en decidirlo que en hacerlo.

Descarté darle salida al hígado, demasiado uso, y no era cuestión de poner en circulación material en mal estado. 
Entonces quise dar un paso más y me decidí por sacrificar los pulmones que, a pesar de vivir en ciudad,  gozaban de una razonable buena salud, y seguro que interesarían a alguien.

Lo más sorprendente de este paso fue comprobar que se puede vivir sin órganos vitales, y eso fue definitivo para que me decidiera también donar mi corazón.

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