viernes, 4 de julio de 2014

VENTURAS Y DESVENTURAS DE EL TITI Y EL MARQUÉS LIV

Manolo el de El Tropical tiene la exclusiva para quedarse con los rabos de los toros lidiados en los festejos taurinos de la ciudad. Durante la faena, Merodea por el patio de caballos, más preocupado de que las maniobras de los mulilleros no malogren el género que de los pases de los maestros en el albero. Y con cada res que cae se encomienda a lo Más Alto para que ningún diestro se cobre trofeos que vayan más allá de las dos orejas y la vuelta al ruedo.

Por la noche, con el bar ya vacío, y como si se tratase de un ritual: se encierra en la cocina, saca el viejo recetario de su abuelo y se encomienda a los ancestros mientras mete en la perola aceite, cebolla, ajo, pimentón...

Horas más tarde, las ojeras de Manolo abren El Tropical. Cuelga en la puerta el cartel que escribió su abuelo hace más de cinco décadas para promocionar las excelencias de su producto estrella, y espera el goteo de parroquianos en busca del mejor rabo de toro de la ciudad.

Cada vez que hay toros, El Tropical se convierte en una fiesta de barquitos de pan en la salsa y tuétanos chupados. Pero el dueño de El Tropical no podía imaginar que aquel día de julio, tras una del Ventorrillo, el gris de su local iba a servir de fondo para cientos de arco iris, risas y cuerpos que nada tenían que ver con los que pisan habitualmente su bar.

Desde una esquina, Ángelines La Boletos informaba a gritos: "Manolo, que se te ha llenado el bar de maricones". Los recién llegados, al ver a Angelines, la toman por la travesti pesada incapaz de sacarse el "maricón"  de la boca y siguien con la fiesta.

Manolo, al otro lado de la barra y todavía abrumado por la afluencia de público, termina por interesarse del porqué del inusitado éxito de la receta familiar.

-Todos hemos entrado esperando que sea verdad lo que pone el cartel –le contesta con una enorme sonrisa uno de sus nuevos clientes ante la carcajada unánime del resto del bar.

Entonces, Manolo vuelve a leer el cartel, incapaz de sacudirse la inocencia con la que un nieto admira algo hecho por su abuelo: “El mejor rabo, aquí”.  Y piensa: "Vamos, por lo mismo que vienen todos estos desde hace años. Bueno, todos menos La Boletos, que lo único que busca es el empujón que nadie le quiere dar".

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