viernes, 1 de julio de 2016

EL MAR BLANCO DE NAOKO

Naoko amaneció con el sueño arañándole sus diminutos ojos rasgados. A pesar del tiempo y la distancia, la pequeña aun se despertaba cada noche, incapaz de olvidar el sonido que desgarró todo a su alrededor. Toru, su padre, la alejó de la tragedia intentando que recuperase su rutina de niña. Quedaron atrás los amaneceres del Sol naciente y arribaron a un valle donde ensimismarse con sus ocasos. Aunque nada de todo aquello hacía desaparecer la ausencia.

Frente al televisor, Naoko supo que los restos del tsunami habían llegado a Alaska. vio los ojos resplandecientes de un joven de Iwate que había recuperado su balón perdido en el otro lado del mundo. Deseó entonces tener tanta suerte como él.

Entrado marzo, en el pueblo había un ajetreo inusual. Toru despertó pronto a Naoko, la arrancó de la cama y la arrastró apresuradamente a la calle. Allí, la pequeña descubrió el valle cubierto por una inmensidad de flores blancas. “Cerezos”, se dijo. Los mismos que, cada año, visitaba junto a su madre en Japón. Los mismos en los que crece su fruta favorita, esa que Naoko compartía con sus padres en interminables desayunos de luces y risas. Entonces, supo que el tsunami, por fin, le había devuelto lo que le debía. Miró a su padre y mientras señalaba a los árboles dijo: “Haha” (Mamá).

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