martes, 16 de agosto de 2016

EL CUÑAO DE MI CUÑADO

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El cuñao de mi cuñado, para el que levantarse a por una cerveza a la nevera es toda una proeza física, se transforma en experto comentarista deportivo cada cuatro años. Con la llegada de las Olimpiadas, el cuñao de mi cuñado llora como un niño recién meado cuando sale a pista el abanderado de la delegación española, vive con una intensidad cercana a la arritmia cada minuto de disciplinas deportivas que ni siquiera sabe pronunciar, y se aventura a hacer sus pinitos con algún deporte.

Este año, animado por los éxitos de Belmonte y las heroicidades de Phelps, ha tocado natación en todos los estilos. Desafortunadamente, la piscina que tiene más cerca de su casa es la de mi urbanización, y aquí lo tengo, fichando en horario de mañana y tarde. La peor parte se la lleva el socorrista, un chaval que, recién cumplidos los 18, confiaba en pasarse el verano recreándose con maduritas de buen ver y jovencitas con las que pestiñear, y al que sin embargo le toca soportar jornadas interminables con un cachalote peludo en el agua.  El cuñao de mi cuñado defiende el estilo libre como un niño torpe con manguitos, su braza es parecida a la de un San Bernardo con botas de treakking, los espasmos que ejecuta nadando mariposa están siendo estudiados en la NASA y se mueve a espalda como un sofá de pelo negro flotando en el río.

Pero lo peor de todo no es se aplauda a sí mismo su incapacidad cada vez que sale del agua. Lo peor es que, aún con el bañador chorreando, defiende a viva voz la teoría de que los grandes nadadores siempre miccionan dentro del agua: "Es para soltar lastre y darlo todo en los últimos cincuenta metros".

EL CUÑAO DE MI CUÑADO (entregas anteriores)





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