miércoles, 7 de septiembre de 2016

RASTRO DE SANGRE

Abrió la puerta del edificio con el tedio de un día demasiado largo en la oficina. En la entrada del portal, le sorprendió ver unas pequeñas gotas de sangre en el suelo a las que no les dio más importancia que lo desagradable que le resultaba verlas. A medida que se acercaba al ascensor, las gotas eran cada vez más grandes y en el elevador comprobó que el botón del sexto, el suyo, estaba manchado de rojo. Se cubrió el pulgar con el puño del jersey para pulsar el botón, y cuando llegó a su planta comprobó que las gotas en el suelo se habían convertido en un fino regero que llegaba hasta la puerta de su apartamento. Le intranquilizó pensar que alguien pudiera haber entrado a robar en su ausencia y se hubiera accidentado dentro de casa. Apretó con fuerza el mango del paraguas deseando no toparse con nadie en el pasillo. Abrió con cuidado y siguió el rastro de sangre que, cada vez más abundante, se dirigía directamente a la puerta de su dormitorio. Empujó el pomo con una mano al tiempo que subió el paraguas por encima de su cabeza con la otra. Cuando se abrió la puerta por completo se le heló el gesto y el paraguas cayó súbitamente al suelo al verse sobre la cama, bañado en un enorme charco de sangre.

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