ANNA, EL SECRETO DE DON DIEGO

La obra de Valázquez y la intriga son los pilares sobre los que se sustenta esta novela en la que el relato histórico y la ficción se ensanblan en cada capítulo.
Las historias cruzadas de los personajes y el desarrollo de una línea argumental que une presente y pasado conforman una novela que pretende sorprender y atrapar al lector en cada escena. Un texto ágil, influido por las estructuras y el ritmo del cine y la televisión.

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Aún estaba aturdido por el anestésico. No sabía cuánto tiempo había pasado en aquella sala. Ni siquiera reconoció la ropa que vestía. Un pijama tan blanco como las paredes sin ventanas que le rodeaban.
            Era incapaz de ubicar aquel lugar. Pero sabía perfectamente por qué estaba allí y qué era lo que querían de él.
            Cuando despertó, le agriaron el gesto los restos de cloroformo que aún pululaban entre sus fosas nasales y su lengua. Una mesa, una silla y un enorme espejo incrustado en la pared eran el único mobiliario que le acompañaba en aquella sala. Una estancia iluminada únicamente por la potente bombilla que pendía de un cable sin cubrir. Una luz que quedaba demasiado lejos de su alcance.
            Permaneció algún tiempo, tampoco supo determinar cuánto, sentado, con los codos sobre la mesa y la cabeza encerrada en la jaula en la que había convertido sus manos.
            En aquel momento, agradeció haber tenido la oportunidad y el acierto de hablar con su hija antes de que llegasen a por él. Había descubierto un secreto por el que el hombre era capaz de matar, como ocurrió en el pasado. Lo que había encontrado, aquel misterio, hizo arder palacios y derrocar reinados.
El viejo maestro se convirtió en la pieza más codiciada de la cacería. Los lebreles fueron demasiado rápidos y habían hecho presa.
            Era consciente de la magnitud de lo que había encontrado, y del coste que le iba a suponer aquel hallazgo y su silencio. Tanto él como sus cancerberos sabían que su hija era lo más valioso que le había regalado la vida, y hacia ella se encaminaron todas las miradas.
            Hacía rato que le habían dejado solo en aquella sala, pero aún le golpeaban en las sienes las palabras de sus captores: “...sabemos dónde vive...”, “...dinos lo que descubriste...”, “...tenemos a dos hombres en la puerta de su apartamento en Lima...”, “...tú eres el único que puede hacer que esto termine ahora mismo...”, “...sólo están esperando una llamada para irse y dejarla en paz o para entrar a por ella...”, “...dónde está lo que buscamos...”, “...estás haciendo que pierda la paciencia...”, “...habla”. “Habla”. “¡Habla de una vez!”
            André Biering había logrado comerse las respuestas que le solicitaban, aun sabiendo lo que eso suponía. También era consciente de que Anna, su hija, era la única persona capaz de descifrar las pistas que él mismo se había encargado de diseminar a través de sus años de investigación. Sólo esperaba que en aquella cacería ella tuviera la fortuna de correr más que sus perseguidores.
            Confiaba en que su sucesora hubiese tenido tiempo de escapar tras su llamada, y lamentó su atropellada despedida telefónica con un brillo de dolor en sus desbordados lacrimales. La única debilidad que se había permitido desde su captura.
            Intentó sacarse las voces de su cabeza paseando alrededor del escaso mobiliario de la sala. Después de un largo rato y varias vueltas, se paró ante su propia imagen.
                 Cuando vio su mirada reflejada en el espejo, supo que todo había terminado.

                                                                                                                   (Texto de inicio de la novela)