RELATOS

  

UN BAR DE PERDEDORES

Alonso, cada noche, se sienta en la última mesa del local y la mira. Ella, aún tremendamente hermosa, oculta tras la cansada mirada de sus inmensos ojos verdes la esencia de una belleza inmutable, inalterada a pesar del tiempo vivido sin contemplaciones.
Jamás habría pensado que pudiera encontrarla allí, detrás de la barra de un bar como aquel. Un bar de perdedores. Un lugar en el que, pasada la medianoche, la clientela es un desfile de impares. Un antro de plañideras donde todos hablan sin escuchar a nadie, y sus conversaciones no son sino un monólogo sordo que muere en la boca de quien lo pronuncia.
Desde hace meses, Alonso Quijano entra en el bar, se sienta en la mesa más alejada del mundo, desanuda la corbata que le ata a una vida de rutina y espera a que ella baje de su atalaya y se acerque hasta su particular castillo de miserias para servirle el güisqui que, noche tras noche, recibe con una amplia sonrisa correspondida con indiferencia.
Pasa las horas observándola, la ve moverse tras la barra, perdida en una bruma de humo y ruido, y admira su capacidad para eludir los embates de los que se apostan al otro lado, animados por el alcohol, ávidos como él por conseguir algo más que sonrisas.
Quijano pasa las noches encerrado en un ritual de plegarias en busca de que su particular Dulcinea asienta a su callada solicitud de amparo, le deje compartir lecho y le saque de la vida de perdedor que, aunque quiera negarlo, le une a sus compañeros de bar cada medianoche.
Como tantas otras veces, Alonso es el último que queda en el bar. Ella le mira de soslayo confiando en que se vaya pronto. Él dedica los últimos instantes, antes de que le inviten de nuevo abandonar el local, a escribir unas notas en un papel. Ella termina de colocar los vasos sobre la baldas, seca la trabajada barra y se acerca de nuevo a él con desgana. Quijano la escucha, asiente, apura su copa y deja el vidrio vacío junto al papel antes de perderse de nuevo en la inmensidad de sus ojos, y abandonar el local con la certeza de que mañana, a partir de las doce, volverá a salir derrotado de aquel bar de perdedores.


Soberana y alta señora:
            El ferido de punta y ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la sauld que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mas podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a tu deseo.
Tuyo hasta la muerte.
El Caballero de la Triste Figura.

(Versión actualizada:

Soberana y alta señora:
            El herido de punta y ausencia, el que tiene llagas en el corazón, dulcísima Dulcinea, te envía la salud que no tiene. Si tu hermosura me desprecia, si tu valor no es para mí, si tus desdenes se arraigan a mi persona, aunque yo sufra, podré sostenerme en esta desventura que, además de ser fuerte, es duradera. Mi buen escudero te dará entera relación ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía! del modo que por tu causa quedo: si quisieras socorreme, tuyo soy, y si no, haz lo que te venga en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a tu deseo.
Tuyo hasta la muerte.
El Caballero de la Triste Figura.)

Nota: Basado en la Carta de Don Quijote a Dulcinea del Toboso (Capítulo 25 de la I Parte) Don Quijote decide suspender momentáneamente su vagabundeo y permanecer algún tiempo en Sierra Morena, entregado a la penitencia, tal y como era habitual que lo hicieran otros caballeros andantes por desengaños amorosos o por cualquier otra razón.


SU PRINCIPAL ENEMIGO


Cada vez que sus padres se sentaban frente a él sabía que era augurio nefastas noticias. En aquella ocasión, el tono didáctico y conciliador, casi de negociador de conflictos internacionales, descartó que la charla fuera efecto de una causa generada por su inconsciencia infantil.

Sus padres le hablaron de cambios, de compartir cuarto, juguetes y afectos. De una visita para toda la vida a la que querer y cuidar. De todo aquello, él solo sacó una conclusión: se acercaba el enemigo

Asumió resignado la llegada, al tiempo que replanteó su estrategia en la guerra de guerrillas de su particular insurrección infantil en busca de acaparar la atención de sus progenitores. Cuando apenas faltaban unos días, creía estar preparado. Sabía que el rival era difícil de vencer pero sus cuatro años le daban la experiencia necesaria como para sortear aquel inminente peligro.

Por fin, llegó el día."Ha venido antes de lo previsto", pensó cuando sonó el timbre y se le agarraron los nervios al estómago. Tardó en poder estar a solas frente a él. No había tiempo que peder. Debía ser muy rápido. Se aseguró de que no había miradas indiscretas y lo lanzó al inodoro.

No estaba dispuesto a que aquel teléfono de última generación, que su padre había comprado con la excusa de tener las mejores fotos y vídeos del recién nacido, acaparase aún más atención que los móviles, las tabletas y los ordenadores que ya había en casa. No estaba dispuesto a que se convirtiese en su principal enemigo, y el de su hermano.



 
Vía muerta

Sólo buscaba encontrarse de nuevo con la mirada que había perseguido durante toda su vida.

La camilla rodeada de sanitarios corría sin freno por los pasillos de Urgencias: -Varón, de unos ochenta años, le hemos encontrado con insuficiencia respiratoria aguda, logramos estabilizarle las constantes, le hemos aplicado broncodilatadores y oxígeno, pero sigue inconsciente. -¿Han localizado a la familia? -Aún no. Estaba solo. Le encontramos tirado en un banco de una plaza del centro. Nos avisaron del bar en el que acababa de desayunar... -Muy bien. Ya nos encargamos nosotros... El equipo de la ambulancia quedó atrás y la camilla, escoltada por una pléyade de batas blancas y uniformes verdes, se perdió tras la puerta de doble hoja que daba acceso a la zona restringida.

Las ocho menos veinte... “Aún faltan veinte minutos, veinte interminables minutos”, pensó mientras guardaba el vetusto reloj que, desde hacía años, le marcaba implacable su cada vez más cercano final.
A pesar de los cambios, todavía recordaba con una nitidez abrumadora ese lugar. Ahora, sentado en uno de aquellos bancos, de una madera casi tan marchita como su alma, sólo faltaban veinte minutos para que todo empezase de nuevo en la misma estación de tren que había terminado.
Atrás quedaba el mantel manchado de sopa por el incipiente temblor que se le había agarrado a las manos, y las lagunas que, la salud y el tiempo, habían decidido crear en su memoria para robarle recuerdos cada vez con más frecuencia.
Una fugaz noticia en los informativos le hizo saber, dos días antes de verse en aquella estación, que debía volver allí. “...la anciana desapareció ayer por la mañana de su residencia en Madrid. Sus familiares están muy preocupados, porque la mujer sufre una dolencia cardiaca que requiere medicación diaria, y en el momento de su desaparición no llevaba los fármacos necesarios. La familia pide que cualquier persona que pueda ofrecer alguna información sobre este caso se ponga en contacto con la Policía o llame al teléfono que aparece en pantalla...”
Le separaban demasiadas décadas de la última vez que vio su rostro, pero no tuvo la ninguna duda. Reconoció de inmediato aquellos ojos de mirada brillante y calmada que había marcado su existencia y le había perseguido desde aquel año en el que, recién superado su compromiso militar con el Estado, tuvo que despedirse de ella.
Había pasado mucho tiempo, y aquella mañana de otoño ni siquiera terminó de manchar el mantel. Se levantó, aún con la mirada fija en el monitor, que ya había dejado atrás la noticia de la octogenaria y hablaba entonces del máximo goleador de la presente temporada de fútbol. Con los ojos inundados de pasado y una mínima sonrisa en el rostro se separó despacio de la mesa en la que se sentaba tres veces al día. Antes de salir del comedor, un asistente se interesó por él. “¿Se encuentra bien?”. No respondió, se limitó a apartar tranquilo la mano que se asía a su antebrazo y continuó el camino que estaba llamado a emprender.
Llegó cansado al ascensor. Se aplicó una dosis con el inhalador y presionó el botón que le llevaba diariamente a la tercera planta de aquella residencia que se había convertido en el hogar de sus últimos días. Junto a la puerta de la habitación 314 estaba escrito a mano su nombre, con trazo irregular de bolígrafo azul de oficina. Debajo, tachado, el nombre del último inquilino que compartió dormitorio con él. Había tenido cuatro compañeros de habitación desde que llegó allí, y a todos los había tenido que despedir en mitad de la noche, con el sobresalto que provoca que entren en tropel los médicos encargados de salvar el último aliento. Ya apenas le quedaban lágrimas para honrar a tantos muertos como habían pasado por su vida.
Sacó de sus pantalones la llave de la 314. Dos vueltas de llave le separaban de la umbría habitación que se había convertido en su nicho en vida. Levantó la persiana hasta la mitad y un implacable haz de luz golpeó sin piedad contra las paredes de la estancia.
Delante del armario, separó con cuidado las chaquetas y los pantalones. Puso sobre la cama su mejor traje, la camisa de Viernes Santo y la corbata de domingo. Sacó los zapatos y los lustró masticando cada uno de los recuerdos que se agolpaban en su cabeza. Después, se vistió despacio, con una minuciosidad que antes sólo había aplicado en su inquietud adolescente. Nadie le interrumpió en su ritual.
En el fondo de uno de los cajones le esperaba una pequeña caja metálica que, en tiempos, había servido para albergar el tabaco de liar que su dueño seguía consumiendo a pesar de la prohibición médica. Aquel pequeño cofre de metal protegía el tesoro más preciado que había logrado en toda su vida, el último presente que recibió aquella tarde en la estación. Quitó la fina película de polvo del latón con la mano, levantó la tapa y comprobó que aquella dádiva del pasado continuaba allí. La contempló durante unos instantes y se la guardó con mimo en uno de los bolsillos de la chaqueta, junto a un pañuelo de tela y a su viejo reloj de cuerda.
Revisó por última vez su equipaje, que era todo lo que llevaba en los bolsillos. Para aquel viaje que se disponía a emprender no necesitaba nada más.
Eliminó con meticulosidad de quirófano las arrugas de la cama. Se despidió de todo lo que le rodeaba y, en el último momento, salvó de la quema una estampa de Santa Eulalia.

En la Unidad de Cuidados Intensivos se respiraba una tranquilidad inquietante. -No se puede negar que se ha estrenado usted por todo lo alto. Eso de empezar su etapa como residente en la UCI tiene su mérito. Pero bueno, pongámonos a trabajar. ¿Qué me puede decir de nuestro abuelo anónimo? -El paciente permanece inconsciente, está monitorizado y sus constantes vitales son bajas pero estables. Sufre un enfisema pulmonar muy severo, así que le hemos aplicado respiración asistida y medicación para facilitar la capacidad pulmonar: anticolinérgicos y broncodilatadores. Pero los resultados no son todo lo satisfactorios que esperábamos. -¿Me deja ver el historial? Vaya, esto no tiene buena pinta. El daño en los alvéolos y en el tejido de los pulmones parece irreversible. Sigan con el mismo tratamiento. Lamentablemente el final es sólo cuestión de tiempo, así que no nos queda más remedio que esperar y confiar en que localicen a su familia lo antes posible.

“Catorce minutos, catorce interminables minutos”, se dijo tras la enésima consulta. Agradeció la liviana brisa que se había levantado en la estación y que le sirvió para eliminar la incipiente sudoración de sus manos. Nadie habría dicho de él que era un hombre intranquilo, pero no podía evitar los nervios en su estómago que cada vez le asaltaban con más fuerza.
Guardó de nuevo el reloj, y buscó en otro de sus bolsillos la bolsita de piel en la que escondía la picadura de tabaco y el papel de liar, filantrópica colaboración de un joven melenudo habitual consumidor de hachís.
Era incapaz de sacarse de la nariz el olor a viejo que desprendía su propio cuerpo. El mismo que aborrecía desde que era niño y que ahora había pasado a formar parte de su cotidianidad diaria. Esperaba que eso a ella no le importase demasiado.
A pesar de sus problemas para respirar, buscó en la nicotina rancia la dosis de tranquilidad necesaria para superar aquellos minutos. No pudo evitar esbozar una leve sonrisa al recordar la cara de asombro del joven que le había cedido uno de sus papeles de liar. “Joder con el pureta, a su edad y dándole al marley”, debió pensar el melenudo.
Lió el cigarrillo de tabaco negro con la precisión que le otorgaban los años y una dolencia pulmonar, cada vez más desarrollada, que convertía su respiración en un incómodo silbido y cada paso en un reto difícil de superar.
Había reducido notablemente la dosis de nicotina en sangre. Quizá eso le hacía saborear cada calada como si se tratase del mejor tabaco puro del mundo, y aquel cigarro en la estación quería saborearlo como si fuera el último de su vida.
Colocó el cigarrillo en la comisura de los labios mientras buscaba sin demasiado acierto el mechero. Logró hallarlo en uno de los bolsillos de la chaqueta. Acercó la lumbre, que se iba agotando al mismo ritmo que su propia existencia, y expulsó una densa nube de humo que se llevó pronto la brisa de los andenes.
Entre caladas, recordó el principio de su huída. Nadie vio nada extraño en su salida de la residencia. Algún halago destacando su elegancia. Algún saludo cortés y poco efusivo. Nada más. Él era el único que sabía que no iba a regresar a aquel lugar. Se despidió con un mínimo gesto de aquellos con los que se cruzó en el jardín y en la puerta. Y sólo superó la tentación de mirar atrás cuando aquel edificio de paredes blancas quedaba lo suficientemente lejos como para no volver.
El otoño se había apoderado sin piedad de la ciudad, y a él le incomodaba sentir cómo se le agarraba el frío a los tuétanos de sus articulaciones. Subió el cuello de su chaqueta, metió las manos en los bolsillos e inició el camino de vuelta, lejos de aquella localidad sureña que le había acogido con gratitud pero sin cariño.
La impaciencia le hizo consumir el tabaco con una rapidez inusitada. Se levantó de aquel banco carcomido, que le estaba clavando sus maderas en la espalda, y curioseó el interior de la estación a través de los huecos que había en las ventanas tapiadas.
Pudo ver poco más que una oscuridad intensa, que le azotó la nariz con un intenso olor a abandono.
Por fin logró encontrar uno de los agujeros desde el que se podía atisbar parte del espacio que, lustros atrás, había servido como sala de espera. El mismo lugar en el que pasó los últimos minutos junto a ella. El sitio del que él mismo se despidió años más tarde.
En sus vítreos iris estaba reflejada aquella despedida y la mirada que le había hecho abandonar la habitación 314 de la residencia en la que había vivido los últimos ocho años de su vida.
Su vida estaba jalonada de encuentros y desencuentros. De distancias, silencios y ausencias. Y sólo los recuerdos lograron albergar en él la certeza de que volvería a disfrutar de la sonrisa y la luz que aquellos ojos casi infantiles.
La niñez, los juegos, las caricias, las dudas, los besos, la incertidumbre de rozar su piel con el primer instinto de deseo, las tardes, las noches, las preguntas, los celos, las ansias de abandonar la soledad... Repasaba cada uno de aquellos momentos que se había grabado a fuego en su marchita memoria. Muchos datos de su existencia habían abandonado ya su cabeza, pero ninguno que estuviera relacionado con aquella mujer.
Tras su ausencia cuartelera, vivieron sus mejores momentos, sin duda los más intensos. Su memoria se la devolvía cada día como una de aquellas mujeres que entran por vía intravenosa. De las que envenenan las entrañas con una dulzura inmensa en la mirada y matan sin misas de réquiem con las caderas.
En su via crucis particular hasta la estación, uno de los estadios fue un pequeño bar de la zona centro. La última noche de su periplo, la segunda desde que escapó, había reposado los huesos en uno de los bancos de la misma plaza en la que se encontraba el bar que le acogió a primera hora de la mañana. Un establecimiento de solera en el nombre, carcoma en las estanterías y la misma mugre en las paredes y en los vasos.
Sentado en una de aquellas roñosas sillas, entre el ajetreo matutino de los desayunos de aquel local umbrío, le asaltó fugaz la idea de que sus cuidadores debían estar preocupados por su ausencia sin previo aviso. Un pensamiento que le ratificó la voz neutra y burocrática del locutor de la mañana de la emisora de noticias veinticuatro horas.
Le congratuló comprobar que el guión utilizado para la llamada de auxilio que hacían desde la residencia era casi un calco del que había escuchado antes de huir de aquel edificio de paredes blancas y encías desdentadas. “Otra cosa más que nos une. Hacía tanto que no estábamos juntos”, pensó mientras terminaba de cansar con la cucharilla el humo del café con borra que le acababan de servir.
La madrugada había sido demasiado dura para una salud tan mermada como la suya, y no había parado de toser durante toda la noche. Al salir del bar se sintió mal. Desde hacía tiempo sus pulmones le jugaban malas pasadas. Buscó el resuello en uno de los bancos de aquella céntrica plaza. “Estos malditos pulmones”, se dijo justo antes de cerrar los ojos para intentar mitigar el dolor que le mordía el pecho como un perro salvaje.

-¿Sigue dormido? -No está dormido, esta en coma, o algo así. -Entonces ni ve ni escucha ¿no? -Pues no lo sé. -Yo he leído que hay veces que la gente que sale del coma recuerda conversaciones de sus familiares y las visitas que le han hecho... -Pues me parece que este pobrecito está demasiado malito. No sé yo si volverá a abrir los ojos para acordarse de algo. -Pobre. Pero no digas eso, imagina que nos está escuchando... -Creo que ya han localizado a alguien que se haga responsable de él. -¿Ya saben dónde está su familia? -No tiene familia. Por lo visto vivía en una residencia de ancianos de no sé qué ciudad del Sur. Se escapó hace un par de días. Me han dicho que han hablado de él hasta en la radio. -¿Qué haría tan lejos de casa? -No lo sé, igual perdió la cabeza. A estas edades ya se sabe... -¿Cuántas camas nos faltan por arreglar aquí? -¿En la UCI? Tres más...

“Seis minutos, seis interminables minutos”. Había esperado tanto tiempo que estaba convencido de que no sabría qué decir o cómo actuar. Confiaba en que el anhelo de ambos por volver a verse fuera suficiente para sobrellevar aquella circunstancia. Luego, comprobó atónito cómo temblaban sus ajadas manos a medida que se iba acercando el momento del reencuentro más esperado de toda su vida.
En su paseo por el andén de aquella estación marchita se situó en cada uno de los lugares en los había pisado aquella tarde de adioses, congojas y lacrimales desbordados.
“Estoy convencida de que si nuestro tren tiene que pasar de nuevo lo hará, y nosotros estaremos allí para subirnos juntos a él”, le había dicho desde el primer escalón de aquel vagón de segunda clase que se la llevó entre el calor y el sueño.
Nunca fue hábil a la hora de descifrar metáforas. Era consciente de ello. Pero, en aquella ocasión, supo que su despedida no era un diplomático adiós. Quizá por eso estaba allí. En una estación en la que la ausencia de ruedas había permitido crecer el verde entre el balastro y en las grietas de unas traviesas tan viejas como su piel.
Faltaba un minuto, un interminable minuto, y todo volvería a empezar de nuevo.

El monitor que pintaba sus constantes vitales transformó los impulsos, cada vez más tenues, convirtiendo los picos en una continuidad verde que llegó acompañada de un irreversible pitido. -¡Doctor... doctor! ¡La cama 27! -¡Rápido, el equipo de reanimación! -¡Preparad la descarga! -¡Apartaos! ¡Tres, dos, uno...!
Pero a él no le molestó todo aquel ajetreo.

Eran las ocho, y aquel vetusto vagón de segunda clase le había devuelto la mirada que había perseguido durante toda su vida.


De Impares


-¿En qué piensas?

¿En qué pienso? Pienso en estas dos horas,
en estas dos largas e intensas horas.
En este ritmo de andar sobre raíles
que no sé dónde nos lleva.

Pienso en secarme este río de ansias.
En dejar de verte desde la atalaya
que me ata a una distancia de susurros,
a una guerra de anhelos. De esperanza.

Pienso en dejar de mirarte la mirada
y en dejar de pensar que llevas dos horas
(dos largas e intensas horas)
pidiendo que te bese la sonrisa,
que te ame la espalda.

Pienso en la cobardía camuflada de respeto,
en el miedo a sugerirte
que la próxima estación es el destino,
que sólo el equipaje llegue al final del recorrido.

Pienso en ofrecerte la mano
y un rincón sin miradas ni oídos
donde saciar esta hambruna con tu cuello,
en el que acudir a la cálida ofrenda de tu sexo.

Pienso en volver con el alma despeinada,
y en el sonrojo y el salitre del recuerdo.
Con la convicción de que el camino
empieza en el próximo apeadero.

Pienso en la inapelable geometría
de estas líneas sin nexo sobre las que viajo.
En el mar de manchas tras las ventanas,
más nítido que el futuro que ofrezco.

Pienso en estas vidas de impares,
en las historias apretadas en los pasillos,
en la nicotina aplastada a escondidas,
en el amor mudo de los callados.

Pienso en la fortuna de no conocer tu nombre,
sólo tu rostro, tus gestos...
y la tibieza de tus palabras al preguntarme:
¿En qué piensas?

-En nada.


(Muestra de relatos que forman parte de una recopilación de textos de Sergio de la Marta)