VENTURAS Y DESVENTURAS DE EL TITI Y EL MARQUÉS



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El Titi y El Marqués se conocieron en un bar de perdedores, El Tropical. El primero celebraba a golpe de sol y sombra que acababa de conseguir una baja permanente. Una forma como otra cualquiera, pensaba, de vivir sin trabajar. El segundo había malvendido las últimas joyas de la abuela para ocupar en el barrio la habitación de una pensión con goteras y colchón de muelle con manchas en el que pasa las horas que no invierte en la calle y en el bar.
El Titi, fanfarrón y buscavidas, recoge restos de puros en Las Ventas para liar cigarros con los que oler a humo de rico en las partidas de mus.
El Marqués, genio y figura, antes de la ruina pedía al camarero del Ritz que le diese “una pataita al olivo para acompañar el vermut de las doce”.
El Titi es cliente del mes en los locales con neón de las periferias, fanático del güisqui barato y la voluptuosidad embutida en lencería de mercadillo. En los clubes, da en el tobillo a las stripers con un billete entre los dedos, y cuando las chicas se agachan a por la recompensa guarda el papel e intenta colarles monedas en las braguitas.
El Marqués aún recuerda las casas de alterne en el centro, el Moët & Chandon de las meriendas y las jovencitas que se costeaban la Universidad con sus visitas.



2

El Tropical es un local de bayeta sucia, ventilador lento en verano y estufa incapaz en invierno, donde las moscas merodean la vitrina de olivas, los boquerones flotan en vinagre rancio y el mismo vaso presta servicio toda la jornada.
Un bar de parroquia fija, con conversación corta y silencios contundentes, que se encomienda a la imagen de Camarón que hay colgada junto al póster del Cádiz C.F. del 90-91.
"Bermell, Carmelo, Cortijo, Oliva, Juan José, Barla, Bernardo, Indio Vázquez, José, Dertycia y Husillos. Con Kiko Narváez en el banco y Mágico González en los corazones para cascarle cuatro al Barcelona un 11 de mayo, cuando iban a por la Liga y nosotros a salvar la vida en el Carranza. ¡Ese es mi Cai bueno!" recita Manolo, alma mater del establecimiento, mirando absorto el póster con el azul desvaído y un amarillo manchado de aceite y humo de un equipo del que guarda cada dato, cada jugada, en su privilegiada cabeza.
-Manolo, ¿se puede saber de dónde sacas esa memoria? -pregunta El Titi una tarde de partida, mientras mordisqueaba el palillo de la sobremesa.
-De mi madre. En una casa sin dinero, nos acordábamos a diario de todo lo que tenían los demás. -Le replicó envidando a grande.
-¿Y tú que heredaste Titi? -Curiosea El Marqués sumando dos al envite.
-Cuando enterramos a padre, en menos de diez minutos mis tres hermanos se estaban peleando por repartirse las cuatro cosas que tenía el hombre. Y cuando me preguntaron qué quería de lo poco que había dejado les dije: "De mi padre sólo quiero su sombrero, que de mi ruina ya me encargo yo". ¡Órdago!


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"Si mierda no lleva, malo no puede estar", amante de lo prosa burda y la contundencia, Manolo es el encargado de subir y bajar el cierre de El Tropical y, durante demasiadas horas al día, aguantar a la parroquia de su establecimiento.
A pesar de su aspecto de calvo amable, Manolo, además de contar con una portentosa memoria, había sido peso welter hasta que un accidente le dejó sordo del derecho. Desde entonces, con bastantes kilos y pocas ganas, no se aleja de la copa de pacharán, y cuando tiene en el cuerpo más endrinas de las que sabe asumir no le falta un borracho al otro lado de la barra al que contarle que en el 86 debutó como profesional, enseñarle el guante de oro macizo que le cuelga del cuello y retorcerse la nariz sin tabique para demostrar que nada de lo que dice es mentira.
Cuenta que le ha visto las barbas a San Pedro un par de veces, pero a pesar de esa estrecha relación con uno de los jefes del santoral mantiene un humor negro y soez que suele dejar en cada comentario un poso de soledad y rencor con el destino.
Cuando todo se torció, vació el fondo de los bolsillos y con lo ahorrado en los combates montó El Tropical. Este bar de cañas, vinos y alta cocina de puchero, a cuya clientela entretiene con desaires y chistes: "Titi, sabes ese de los dos socios que dice: Compadre vamos a montar un bar. -¿Y si no funciona? -Pues lo abrimos al público".


4

El Titi, El Marqués, El Estudiante y El Chimenea tenían a las cuatro en punto de la tarde cita diaria en El Tropical con el café negro, el carajillo de baileys y el tapete de mus.
Con tres paquetes diarios, El Chimenea se ganó el apodo a pulmón y, en el crematorio, sus cenizas dejaron durante días un intenso olor a tabaco negro.
El Chimenea sólo salió una vez en los papeles, en forma de esquela firmada por "Tus compañeros de la partida", quienes, cada tarde, ponían la urna con sus cenizas en una silla junto a la mesa. Nadie en el bar se acercaba a "la partida del muerto", como pasaron a bautizar aquella timba de cinco jugadores.
La vacante de El Chimenea la ocupó El Canijo que, además de su aspecto de anoréxico no diagnosticado, rara era la partida que no remataba con visión túnel y apostando a su mujer, difunta hacía más de diez años.


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Tras unos años paseándose periódicamente por Micronovelas, El Titi t El Marqués finalmente han dado el salto a formato de libro digital en una edición revisada y reestructurada de las peripecias de estos dos personajes y el resto de la parroquia que acude a El Tropical.

Venturasy desventuras de El Titi y El Marqués invita al lector a conocer el peculiar y surrealista catálogo de personajes que pueblan El Tropical, un bar de barrio regentado por Manolo. Con El Titi y El Maruqés a la cabeza, cada entrega nos muestra el día a día de un grupo de apátridas y desoficiados cuyo infortunio alcanza cotas grotescas. 



Humor negro y temática social son los dos pilares básicos de los cincuenta textos que conforman esta micronovela con cuya publicación su autor, el periodista Sergio de la Marta, regresa de nuevo al mundo del microrrelato en publicaciones para ebook tras 140#cientocuarenta.